GUERRA A ULTRANZA

GUERRA A ULTRANZA

Presentación en el Seminari de Tarragona

Presentación

martes, 29 de abril de 2014

Casas de arrepentidas, prostitutas y el vicario Rifós.



En casi todas las ciudades españolas hubo casas de arrepentidas o recogidas. Al parecer, la primera de estas casas fue creada en el siglo XIV en Barcelona por orden de los consellers de la ciudad y vinculada al convento de religiosas arrepentidas de la orden de San Agustín. Se fundó para que se recogieran hasta treinta mujeres que deseasen dejar su “vida licenciosa” y, de ese modo, borrar esa vida con la penitencia. También destacaron las casas de Toledo, Granada, Sanlúcar de Barrameda y las dos de la ciudad de Sevilla, metrópoli bulliciosa desde que se convirtió en la puerta de América y, por lo tanto, foco de atracción para la prostitución. El siglo de oro de las casas de recogidas fue el XVII, después del


triunfo de las tesis morales del Concilio de Trento. En dicho siglo se creó, por ejemplo, la casa de recogidas de Cádiz. Pero el siglo XVIII no se quedó atrás; el despotismo ilustrado siempre estuvo muy preocupado por controlar a los marginados para que fueran útiles, desde su acusado pragmatismo, o para que no generasen posibles problemas de orden público. Una de las instituciones más importantes y modelo para las demás, fue, sin lugar a dudas, la Casa de Arrepentidas de Madrid, llevada por las terciarias franciscanas.

En la Barcelona de 1714, tal era el descaro de las mujeres casadas (adúlteras), que Rifós, el vicario general, instó al conceller en cap a emitir un bando para que fueran apartadas de las calles y recluidas en el convento de las Arrepentidas en contra de su voluntad. Rifós quiso hacer ver al conceller que no era bueno tentar a la Divina Providencia dejando una ciudad sumergida en el pecado y sitiada por el ejército de las dos coronas si es que deseaban la intervención divina para salvar la ciudad. Bastaba con el testimonio de un sacristán u hombre de reconocido prestigio, así como el de los maridos o familiares para recluirla. Pero el conceller y el concilio hicieron caso omiso al vicario y las calles se atestaron de prostitutas.

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