GUERRA A ULTRANZA

GUERRA A ULTRANZA

Presentación en el Seminari de Tarragona

Presentación

viernes, 7 de febrero de 2014

Ataque por la derecha.

Capítulo 49

(Ataque por la derecha)

Así empezó todo
Fragmento de un capítulo. 


No son siquiera las cinco de la mañana del 11 de Septiembre de 1714  cuando una enorme descarga de artillería despierta al sargento Indalecio de su sueño. Dormita junto a las piezas artilleras en el nuevo emplazamiento del baluarte de San Pedro. Las compañías de los mancebos sastres y los taberneros de la Coronela son la dotación que les abriga para impedir que el enemigo logre hacerse con la fortificación.
Alertado por el estruendo intenta reincorporarse, pero algo le impide alzarse. El cabo Artigas dormita a su lado, y ha encontrado el sueño colocando una de sus piernas encima del regazo de su sargento. El sargento aparta de malos modos la zanca de Artigas, que sigue sumergido en un profundo sueño sin que las deflagraciones enemigas lo perturben. Sus ronquidos persisten a pesar del vivo fuego enemigo.
—Artigas despierta, que los tenemos encima —lo zarandea el sargento.
Artigas abre los ojos y se encuentra con el rostro serio de su sargento.
—Ya voy, ya voy —dice al escuchar el tremendo estruendo.
El alférez de los taberneros se acerca al sargento. Ha despertado a todos sus hombres, apostados ya tras los parapetos y defensas con los fusiles bien cebados y las bayonetas caladas, y aguardando que las sombras de los enemigos se acerquen hacia su posición.
—Mis hombres están preparados, sargento —dice, elevando el tono de voz, pues las baterías enemigas no cesan en sus andanadas.
—Los míos también, alférez.
—Esta es la definitiva, ¿verdad sargento? —le inquiere el tabernero, tragando saliva.
Indalecio asiente.
—Sí alférez, creo que vienen con la intención de pasarnos a todos a cuchillo.
—Suerte entonces —replica el alférez alargando la mano.
Indalecio cabecea y estrecha la mano del hombre. Un desconocido para él hasta hace apenas un par de horas cuando llegó con sus milicianos para abrigar el baluarte.
El hombre se retira lanzando consignas a sus hombres. Otro valiente que es posible que no vea la luz del alba, al igual que él. Sacude la cabeza, parece que esta vez el asalto va en serio. Se gira hacia Artigas, que habla con Velasco, el tartaja.
—Velasco, vete de aquí, estamos en primera línea y es peligroso.
—Qui, quiero estar con vo, con vosotros —le dice, agarrando un fusil.
Velasco tiembla como una hoja, por el miedo y la calentura; a pesar de tener el corazón arrugado se aferra al fusil que a duras penas puede sostener en sus manos temblorosas.
Indalecio se le acerca por la espalda.
—Velasco, ya has oído a Artigas. Abandona esta posición y búscate una en esas casas atronada, estarás más seguro.
Pero Velasco niega.
—Qui, quiero estar con vo, vosotros—insiste.
Indalecio le pasa una mano por el hombro.
—Está bien, Velasco, pero ve con ese hombre —señala al alférez de los taberneros—. Ponte detrás de las defensas y no asomes la cabeza.
Velasco, en lugar de hacer caso al sargento, se coloca junto al cabo Artigas, negando. Ha dicho que quiere estar junto a ellos, y nada ni nadie lo va a convencer de lo contrario.
Indalecio siente una pena enorme por ese joven tartaja. Su aspecto es deplorable. No quiere imaginarse el hambre que está pasando. Velasco se encuentra solo, lo único que tiene parecido a una familia son ellos dos.
Quizá el Altísimo le ha revelado la hora de su muerte y quiere permanecer junto a sus compadres, el cabo Artigas y el sargento Indalecio, cuando tenga que acudir a su llamada.
Indalecio traga saliva. Todos arrastran a cuestas su pena, pero Velasco es una pena andante.
—De acuerdo Velasco, no te separes de Artigas.
Velasco sonríe, ha conseguido lo que quería: estar junto a sus compadres.
Indalecio se vuelve hacia el cabo.
—Artigas, ceba las espingardas, los obuses y las piezas de hierro. Todo. Y cuida de Velasco.
—Claro mi sargento ¿Y con qué mando cebar las piezas, mi sargento?
—Con lo que pilles. Y no me desperdicies pólvora alguna que tenemos la justa.
—Las voy a cebar con metralla, verá cómo les hago que reculen en cuanto asomen los mostachos. Velasco, a mi vera —le dice con cariño al joven tartaja—. Paso que de yo, paso que darás tú. ¿Entendido?
—Cla, claro. Se seré tu so, sombra —responde el muchacho, mostrando un verdadero agradecimiento.
Las deflagraciones son brutales. Desde su posición el sargento observa como las tropas de Berwich, dispuestas en siete columnas concentradas en el foso, ascienden por las brechas a la señal enemiga. Sin embargo no lo hacen por la Real, algo que no tiene explicación para el sargento. A no ser que Berwich haya alertado a sus tropas de la posible existencia de minas, y por ese motivo eludan el peligro y se centran en coronar el resto de las seis brechas abiertas en las cortinas de levante.
—¿Por qué no suben por la brecha Real? —Se pregunta en voz alta, frunciendo el ceño y sin apartar el ojo del catalejo.
Es Artigas quien recoge el pañuelo y le responde con una lógica que desconcierta al suboficial:
—Mi sargento, el enemigo teme las baterías de los baluartes de Portal Nou y Santa Clara —dice sin dejar de vigilar a sus artilleros, que cargan metralla, balas de piedra, cartuchos y todo lo que tienen a mano en las espingardas, obuses y cañones—. Hasta que no echen a los nuestros de las fortificaciones es un suicidio intentar ascender por la brecha Real, los barrerían provocando una enorme mortandad.
El sargento pliega el catalejo y cabecea.
—Es posible que tengas razón, Artigas. 
—Seguro, mi sargento. Eso, y las minas —Replica.
Las minas, claro. ¿Pero por qué no explosionan de una vez? se pregunta el suboficial.
Los batallones enemigos abren fuego sobre los defensores. Pronto una granizada de plomos los obliga a refugiarse tras los parapetos, mientras los milicianos apostados junto a ellos en el baluarte responden al fuego enemigo con una terrible descarga. Pero el enemigo sigue en su avance hacia el portal Nou, a pocas varas de su posición, donde la contienda que se libra es brutal.
—Artigas, afina el tiro que esos cabrons van a coronar la brecha del portal Nou.
—No si puedo impedirlo.
—¿Tienes buen tiro?
Artigas desvía la cabeza y afina el ojo bisojo.
—El mejor tiro, mi sargento —responde.
—Despachúrralos.
Artigas acerca el botafuego al oído de las piezas de bronce y al momento el tronar de la pieza obliga a Velasco a soltar el fusil y llevarse las manos a los oídos.
Los milicianos no cesan en sus descargas, abriendo fuego sobre las tropas enemigas que asoman los tricornios por encima de las brechas. La intensidad del petardeo es terrible, y los primeros lamentos y aullidos de dolor por el impacto de los plomos empiezan a alzarse en el fragor de la brutal contienda.
Indalecio despliega el catalejo y se cobija tras un parapeto. No es que se vea un pimiento en la noche, pero las sombras le dicen mucho y el fogonazo de los fusiles más.
Desvía el objetivo hacia un grupo de hombres que se encuentran junto a los terraplenes frente a las brechas. El pequeño grupo de hombres se alumbra con una antorcha. Esa gente está loca, se dice Indalecio. ¿Cómo se les ocurre alumbrarse con una tea? Antes de que quieran respirar una granizada de plomos acabará con su vida.
Indalecio se encuentra intranquilo. Nadie ha dado la alarma. Siempre se avisa a la ciudad con el lanzamiento de cohetes y el redoble de los bronces tocando a rebato, pero las campanas permanecen mudas y nadie ha disparado cohete alguno. Ni siquiera han explosionado las minas que tienen bajo las brechas para cuando el enemigo quiera coronarlas. Y el enemigo ya se encuentra en la cima.
O explosionan ahora, reventando a los asaltantes, o nunca, se dice. Pero las minas no explosionan y los enemigos descienden por las brechas vomitando plomo sobre los defensores de los terraplenes y la cortadura.
Vuelve a concentrar su atención en el pequeño grupo que se alumbra con la antorcha.
—Artigas, ¿esos de ahí? —Le señala.
—Parece que son los minadores, mi sargento —le vocea, echándose detrás de una cureña, pues una lluvia de plomos impacta contra las defensas que ocupa la batería.
Indalecio repta y se sitúa junto al cabo.
—Pues como no se den prisa en prender las salchichas estamos apañaos. El enemigo viene a por nosotros —dice con voz jadeante.
—Mi sargento, he contado lo menos siete batallones subiendo por las brechas. Acabarán tomando la del portal Nou, y si lo logran se adentrarán por la derecha para dar paso a la caballería que aguarda penetrar por Ostallers.

—¿Ahora eres estratega? Dirige el tiro hacia el portal Nou, parece que los nuestros no lo están pasando nada bien allí.

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