GUERRA A ULTRANZA

GUERRA A ULTRANZA

Presentación en el Seminari de Tarragona

Presentación

sábado, 16 de febrero de 2013

Primer Capítulo


Capítulo 1


Les juro por Santa Eulalia que procuraré aplicarme, estrujando mis lejanos recuerdos como si fueran la ubre de una becerra, para que este relato florezca fiel a lo acaecido, y por mucho que les pese, terciaré de forma breve siempre que lo halle acertado, para intentar arrojar luz sobre aquellos sombríos días. 
Es justo que conozcan cómo se las derrochaban los que vinieron a ser llamados: los radicales. Ellos fueron quienes urdieron lo indecible, perpetrando actos impropios contra sus vecinos, amigos y conocidos, para lograr que los Tres Comunes declararan la guerra al Borbón. Y aunque bajo su ofusca fe, muchos suponían que forjaban lo mejor para la provincia en amparo de las libertades, privilegios y constituciones de Cataluña, le debemos a unos pocos que nos fletaran en una cruel contienda. 
Durante aquellos espinosos días de finales de Junio de 1713 y principios de Julio, y después de conocer el armisticio y clemencia que Felipe V prometía a los catalanes, con la amenaza en ciernes del avance de las tropas del duque de Pópuli hacia Barcelona, para que ésta fuera entregada y puesta bajo su mando, y ocupando a su paso, todas las poblaciones del principado, fueron muchos los que se declararon sumisos a la corona de Felipe V. Quizás les motivó el miedo, o como conjeturaban los radicales, creyeron que lo que forjaban era lo mejor para el principado.
Fuera como fuese, adentro de las murallas, por todas las travesías de la urbe, se libraba otra contienda, feroz y sin tregua; la que enfrentaba a los partidarios de la Guerra a Ultranza y a los sumisos al joven monarca.
Después del acuerdo rubricado en Hospitalet para que las tropas del archiduque abandonaran la provincia y se embarcaran rumbo a sus destinos, muchos fueron los iluminados que, pese al abandono de los ingleses,  austríacos y portugueses, se alzaron como verdaderos mesías en defensa de Cataluña, ansiando obtener del archiduque, la declaración de que Cataluña sería una república independiente bajo su manto protector, y por qué no, llenar los fondillos de sus casacas con oro y grandes riquezas.
Los que abrazaban el proseguir de la guerra, asistidos por partidas de migueletes asentados en Sarriá, arengaban a los vecinos a recorrer las callejas para que vociferaran vítores a favor de la contienda.
Pero sus fines zozobraban por la férrea oposición de los sumisos, cuya cabeza era el Conseller en Cap, Manuel Flix i Ferreró, quienes parecían ser mayoría, tanto en los tres Brazos, como en el Consejo y la Diputación.
El prócer, Manuel de Ferrer, quizás fue quién combatió con mayor denuedo por no someter a Cataluña al soberano Borbón, y ello le llevó, a consentir, como a otros muchos, mirando hacia otro lado, todo tipo de triquiñuelas y viles atropellos a sus opositores, desde amenazas, crímenes, violaciones y tormentos vejatorios a todo aquel que consideraba que el persistir con la beligerancia, provocaría la devastación del principado. 
Pero lo que causó gran consternación, fue la huída de Guido Starhemberg, dejando a Barcelona en manos de Pópuli.
Y así principia la historia…

La tormenta que envuelve la ciudad, inunda las rondas y travesías con su fuerte aguacero, en esta alborada del 27 de Junio de 1713. Las callejas persisten lóbregas y solitarias, mientras los muros de la casa del virrey, tiemblan por la caída de un rayo cercano, que ilumina, con su luz azulenca y entrecortada, las techumbres de las casas, para de inmediato, volver a ser tragadas por la negrura de la noche.
El riachuelo del Besós que atraviesa la villa discurre con fuerza, alimentado por el chaparrón, arrastrando toda la porquería que tropieza a su paso. Adentro de la residencia, Guido Starhemberg, mariscal de los ejércitos del archiduque y virrey de Cataluña, garabatea antes de su partida, las últimas disposiciones a la luz de un triste candelabro de tres brazos.
Junto a él, un oficial aguarda con la mirada perdida en la luminaria de los velones y en completo silencio, recibir los pliegos de las disposiciones del virrey para cursarlos a la mayor brevedad. Son preceptos dirigidos a todos los gobernadores de las fortalezas de Cataluña, para que no cedan las defensas a las huestes de Pópuli, que avanza sin tregua, ocupando todas las villas del principado, recibiendo de las mismas, la sumisión a Felipe V.
Después de los acuerdos de la Convención de Hospitalet y los mandatos recibidos del archiduque, ya solo le resta que sus tropas evacúen la provincia y se embarquen hacia Italia.
El virrey sopla sobre los pliegos que acaba de garabatear y un polvillo se alza sobre el documento. Lo enrolla, lo lacra, y lo entrega al oficial, que saluda militarmente y sale de la estancia con paso firme.
Otro oficial penetra en el cuarto. Lo tiene todo dispuesto para la partida del virrey.
—Excelencia, debemos salir por la puerta del vergel. En la entrada se encuentra el retén de la Coronela que la custodia. —Le advierte, para que el mariscal no sea visto por los miembros de las fuerzas catalanas.
Guido, el virrey, recogiendo un tabardo que le entrega el oficial para protegerse del aguacero, le inquiere:
—¿Has comprobado las callejas traseras?
—Ni un alma, excelencia. Esta tempestad mantiene a todos los vecinos en el interior de sus moradas. Pero démonos prisa, mariscal, pronto amanecerá y las rondas se atestarán de paisanos.
El virrey se cubre la cabeza con un sombrero de tres picos, agarra el bastón de mariscal y se abriga con el tabardo que se echa por encima de los hombros
El oficial, diligente, le abre las portillas que dan a un huerto, emplazado en la parte trasera de la residencia, lejos de los ojos de los soldados de la Coronela.
Cruzan el cercado, que se halla embarrado, manchando los borceguíes del mariscal, y salen al exterior donde una carroza tirada por dos corceles, le aguarda. 
El subordinado abre las portillas del carruaje y desprende la escalerilla. Guido alza la vista al cielo. Su cara recibe, como si se tratara de un bálsamo que cura su consciencia, las gotas de lluvia de la tormenta.
Pensativo, se cuela en el interior del carruaje y el oficial, acoplado a un palafrén y seguido de un destacamento de soldados alemanes, ordena al cochero:
—¡Cochero! Al Portal Nou, deprisa.
El sonido del rebenque del mayoral, que golpea sobre el lomo de los corceles, restalla por encima del golpeteo de las gotas de lluvia que se abaten sobre las cubiertas y soportales de las casas. Las bestias, al recibir el castigo, piafan e inician un dócil trote hacia el destino indicado por el oficial cuando un nuevo rayo resquebraja el cielo con su aterrador tronar.
El carruaje discurre por las rondas solitarias y anegadas bajo una cortina de agua que amenaza con inundarlo todo. En menos de un cuarto, alcanzan la entrada del Portal Nou.
—Abrid los portones al virrey de Cataluña —Vocea al cabo de guardia el oficial que custodia al mariscal.
El suboficial del retén, con el fusil en bandolera y envuelto en una larga capa, soportando el aguacero que le empapa, se sacude el tricornio por cuyos vértices chorreaba un hilo de agua. Se asoma por la escotilla de la carroza. Al distinguir en su interior a Guido Starhemberg, corre hacia los portones y ordena a sus compañeros que los abran.
Los goznes gimen, al igual que lo hace el virrey en el interior del carruaje. El cochero fustiga a las bestias con su azote, y al trote, bajo la lluvia, Guido descorre las pequeñas colgaduras traseras, contemplando como las murallas de la ciudad abaluarta de Barcelona se alejan.
El carruaje se dirige hacia donde se encuentran asentadas las tropas del general Guido, cerca del rio Besós.
El virrey, con la vista perdida en los baluartes y cortinas de las murallas de la ciudad, se limpia una lágrima rebelde que rueda por su rostro empolvado. Engulle saliva con dificultad y se despide de la ciudad de la que fue virrey del archiduque. 
Jamás volverá a pisar sus travesías. 
Huye, abandonando a los barceloneses a su suerte. 
Él ya no puede hacer más, salvo cumplir las órdenes del archiduque, su soberano, y retrasar en lo posible la entrega de las fortalezas al ejército de las dos coronas. 

2 comentarios:

  1. Me gustan los relatos históricos y esto tiene muy buena pinta.
    Promete Amando!!

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  2. Mari Carmen, me alegro que te guste. Es una obra muy complicada y ya la he rehecho en dos ocasiones y el lunes empiezo con la tercera, aprovechando todo lo que pueda de lo anterior. Calculo que a final de mes o la primera semana de Marzo, tendré 100 páginas para que las leas y las valores. Bss.

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