GUERRA A ULTRANZA

GUERRA A ULTRANZA

Presentación en el Seminari de Tarragona

Presentación

sábado, 16 de febrero de 2013

Introduccion (Parte)


INTRODUCCION

Lo que rasgueo bajo la endeble luminaria de las candelas, entre los regios muros de esta expiada mazmorra, y desde la templada sabiduría que me brinda el transcurso de las estaciones que apalean mis debilitados huesos, lo hago con la certidumbre de que la exactitud que colma mis memorias, resumidas en estos pergaminos, llegará clara a todos los semejantes de bien, ya sean caballeros, nobles, ciudadanos honrados, mercaderes, eclesiásticos o el más inmundo de los mortales, como: tablajeros, tundidores, cordeleros, orfebres, tejedores, marinos, hiladores, criados, galenos, alfayates, menestrales, o lo que sean con lo que se procuran el sustento, y que osen y envidien conocer; qué motivó a los catalanes, a enzarzarse en una contienda que concluyó en la más cruenta de las derrotas, ahogando a sus naturales en una insufrible penuria, dado que el soberano, Felipe V, con su decreto de Nueva Planta, acabó con las costumbres, privilegios, constituciones y manera de vida de los catalanes. 
Los ingleses se pasaron por la entrepierna el tratado de Génova. Les abandonaron a su suerte después de que ellos, una vez vejado con sus exigencias al Borbón adolescente, obtuvieran en 1713, en Utrecht, el mercadeo con las indias, el peñón de Gibraltar y la isla de Menorca, y si me apuran, juraré bajo pena de ser excomulgado o sentenciado al cadalso, que María Luisa de Saboya, consorte de Felipe V, se les abrió de muslos para que pudieran menear la bragadura a sus anchas. Pero ya le está bien merecido a ese Animoso Borbón absolutista, y a los catalanes, por fiarse de unos isleños apóstatas.


El pueblo, manipulado de mil modos distintos, ciego y ofuscado, ofreció su sangre por el archiduque Carlos, pero éste, eligió ser emperador de los austriacos a rey de los españoles y de los catalanes.
Y Cataluña feneció aquella aciaga jornada del 11 de septiembre de 1714 a manos del duque de Berwick, por suerte, un caballero, pero no sin antes, derramar demasiada sangre inocente.
 Pero quizás sea justo que antes de persistir con mi relato de lo que acaeció durante el cerco y posterior asalto, les ubique en el argumento fiel previo al sitio padecido por la villa de Barcelona a manos de las huestes castellanas y francesas, comandadas por el duque de Pópuli, y a la providencia de los excelentísimos y fidelísimos comunes del Consistorio de Diputados, el Consejo de la ciudad y el Brazo Militar, de proseguir con la beligerancia contra el Borbón. 
Pero disculpen mis modales, no me he presentado: Nací noble; el marquesito, me mentaban a mis enveses. Y lo soy, aunque bastardo. Hijo de una criada complaciente con su señor, el Marqués de la Cerdanyola, Félix de Marimón i de Tord. Señor de toda la Cerdanyola y del castillo de Sant Marçal, mi padre, un cabrón, no por preñar a la puta de mi madre, si no por luchar en el bando borbónico, dejando mi trasera en una posición incómoda ante mis vecinos. Tal vez por ello tuve que ensartar con mi filosa a más de un malnacido y también por ese motivo, era yo mirado con petulancia y recelo por las autoridades de la plaza y todos los espías y confidentes que se fijaron en mí y me hicieron la vida algo más enredada para lograr mis provechos, que los tuve, y no me arrepiento de ello.
Pero abandonemos estos pormenores para más adelante y centremos la atención en lo significativo.
Todo principió cuando nuestro Hechizado soberano, Carlos II, falleció sin haber engendrado heredero que recogiera su cetro, dejando memoria a favor de Philippe de Bourbon, duque de Anjou, nieto del entonces rey de La Francia, Luís XIV, quien regiría las migajas de lo que dejaron de las Españas, bajo el nombre de Felipe V, desde el 16 de noviembre del año de nuestro señor de 1700, hasta los actuales días en que borroneo con aflicción y temple estos cuadernillos.
Corrían tiempos trémulos, salvo para quien os relata lo acontecido, pues con la renta de 20000 libras anuales que tomaba de mi degenerado padre, y las considerables mercedes que me procuró la contienda, vivía rodeado de lujos y ostentaciones, sin pasar penuria alguna. No me faltaban cortesanas ni burguesas que deshonraran a sus esposos por avivar me lecho. ¡Ay si los tabiques de mi alcoba departieran! Pero ya sabrán, ya, de mis correrías y lucrativas inteligencias.
Las potencias del continente, a pesar de que en un principio consintieron a Felipe V como soberano de las Españas, forjaban indudable recelo por la eventualidad que albergaba Luís XIV, de que su nieto heredara a su expiración, el trono de La Francia, algo que el resto de monarquías no podía tolerar, pues juzgaban que se desbarataba el equilibrio que reinaba en toda Europa, como si al más común de los barceloneses le atañera una boñiga de mula vieja y apestosa el equilibrio europeo. Los catalanes, lo que ansiaban, era el respeto por sus constituciones, juramento que realizó Felipe V en las Cortes de 1702. Incluso el Borbón otorgó a los del principado nuevos privilegios, como mercadear con las Indias y distinguir a Barcelona con el título de puerto franco. Pero el soberano traicionó a sus vasallos por no cumplir con su juramento. 
Hábilmente, hubo quien supo administrar para su propio provecho el orgullo de los catalanes y alimentar el odio hacia un monarca que les traía el ingrato recuerdo del 59 de la pasada centuria, cuando el principado fue despojado del Rosellón y La Cerdanya. 
Y he dicho bien, pues a medida que avancen en estos pliegos, descubrirán las insidiosas maquinaciones de los mercaderes para alentar a los radicales y al pueblo llano, en contra de los sumisos al monarca.
Pero naturalmente, esas personas contaban con un gran aliado, el propio Felipe V, que con su absolutismo y el empeño por imponer las legislaciones castellanas, condujeron al pueblo catalán a tomar providencias donde la sangre que se iba a derramar eran de inocentes, como siempre ha sido a lo largo de La Historia.

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